La presidenta encargada de Venezuela pronuncia su discurso ante la Asamblea General desde el mismo podio en el que Hugo Chávez dijo que «olía a azufre» tras hablar George W. Bush. El gesto simboliza el giro más radical de la geopolítica latinoamericana en décadas: un año después de la captura de Maduro, Caracas se ha convertido en un socio estratégico de Washington en energía, seguridad y migración. El chavismo, que durante dos décadas convirtió la ONU en un altar antiimperialista, ha entregado su relato a cambio de supervivencia.
La Asamblea General de Naciones Unidas ha sido testigo este miércoles de la escenificación más elocuente del giro geopolítico más vertiginoso que ha vivido América Latina en décadas. Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, ha pronunciado su discurso desde el mismo podio de madera y cristal en el que Hugo Chávez, en septiembre de 2006, dejó una de las frases más recordadas de la historia reciente de la ONU: «Ayer estuvo el diablo aquí. Aquí huele a azufre», dijo entonces, refiriéndose a George W. Bush.
Diecinueve años después, desde esa misma tribuna, su sucesora ha pronunciado un mensaje que habría sido impensable para el chavismo de entonces: «Quiero agradecer al presidente Trump por su disposición a tomar el camino de las relaciones diplomáticas y la cooperación». No hubo menciones al imperialismo, ni condenas al «imperio», ni referencias a la soberanía bolivariana. Rodríguez ha tendido la mano a Washington, ha agradecido su «voluntad de diálogo» y ha presentado su Gobierno interino como el artífice de «un nuevo capítulo» para Venezuela.
El simbolismo del escenario no es un detalle menor. Durante casi dos décadas, el chavismo utilizó la Asamblea General como escaparate de su retórica antiimperialista, con Chávez como principal azote de los presidentes estadounidenses. Hoy, esa misma tribuna sirve para oficializar la entrega del régimen chavista a la órbita de Trump, un giro que comenzó con la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026 y que se ha acelerado en los últimos meses con una serie de acuerdos bilaterales que han reconfigurado por completo las relaciones entre ambos países.
Los hitos de una entrega por etapas
El acercamiento entre Caracas y Washington no ha sido improvisado. Desde la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses, la administración Trump ha profundizado su cooperación con el gobierno interino de Delcy Rodríguez, quien no ha sido imputada formalmente por la justicia estadounidense pese a haber estado en el punto de mira de la DEA desde 2018. En mayo, el Departamento de Justicia ordenó a los fiscales federales de Miami parar cualquier investigación criminal contra Rodríguez para no torpedear la cooperación bilateral.
Los acuerdos se han sucedido desde entonces:
🔹 Acuerdo energético: EE.UU. aseguró el control mayoritario de más de 65.000 millones de barriles de reservas petroleras venezolanas, en una operación que Trump calificó como «el mayor acuerdo petrolero de la historia del mundo». La operación se cerró con una concesión de 100 años a una empresa conjunta privada en la que Washington controla el 55%.
🔹 Cooperación en seguridad: La eliminación de Héctor Guerrero Flores, ‘Niño Guerrero’, líder del Tren de Aragua, en una operación conjunta en junio. El propio Trump citó este hecho en su determinación presidencial para retirar a Venezuela de la lista negra del narcotráfico.
🔹 Retirada de la lista negra del narcotráfico: El Departamento de Estado retiró a Venezuela de la lista de países que «incumplen de forma demostrable» sus obligaciones antidrogas, por primera vez en más de veinte años. El país permanece, no obstante, en la lista más amplia de territorios de tránsito de droga.
🔹 Readmisión de migrantes: Compromiso de Venezuela de readmitir a los migrantes llegados a Ceuta, en coordinación con Marruecos y España, según la carta enviada por la misión venezolana a varios eurodiputados.
El discurso: «No venimos a revisar el pasado»
En su intervención ante la Asamblea General, Delcy Rodríguez ha presentado este giro como el inicio de «un nuevo capítulo» en las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos. «Venezuela tiende su mano a todos los países del mundo que quieran relaciones de respeto y cooperación», ha declarado, antes de agradecer explícitamente a Trump su «disposición» al diálogo.
Rodríguez también ha querido marcar distancia con el legado de Maduro, sin mencionarlo directamente, y ha presentado a su Gobierno interino como el responsable de «recuperar la normalidad democrática y económica» del país. «No venimos a revisar el pasado, venimos a construir el futuro», ha afirmado. La presidenta encargada ha evitado cualquier referencia a los años de confrontación con Washington y ha centrado su discurso en la cooperación energética, la lucha contra el narcotráfico y la estabilidad regional.
La reacción: división en el chavismo y cautela internacional
El discurso de Rodríguez ha generado reacciones encontradas. En Venezuela, sectores del chavismo más ortodoxo han calificado el giro como una «traición a los principios de la Revolución», mientras que los sectores más pragmáticos lo defienden como la única vía para sacar al país de la crisis. La oposición venezolana, por su parte, ha recibido el acercamiento con escepticismo: considera que se trata de una entrega sin garantías democráticas y que el precio de la cooperación con Washington es la perpetuación de una élite que ha saqueado el país durante años.
En el extranjero, la comunidad internacional observa el giro con cautela. Algunos analistas lo interpretan como un paso hacia la estabilidad regional, mientras que otros advierten de que se trata de una operación puramente transaccional, en la que Washington ha priorizado sus intereses energéticos y de seguridad sobre cualquier consideración democrática.
El peso de la historia
Lo que está claro es que la imagen de Delcy Rodríguez agradeciendo a Trump su cooperación desde el mismo podio en el que Chávez insultó a Bush pasará a la historia como el símbolo de un giro geopolítico que ha reconfigurado el mapa de América Latina en menos de un año. El chavismo, que durante dos décadas convirtió la ONU en un altar antiimperialista, ha entregado su relato a cambio de supervivencia. Y lo ha hecho, además, en el escenario más simbólico posible.
La pregunta que sobrevuela ahora es cuánto durará esta luna de miel y qué precio pagará Venezuela por ella. Porque, como dijo Chávez en ese mismo podio hace casi veinte años, «el diablo» siempre está al acecho.




