Un cuarto de siglo después de los atentados que cambiaron el mundo, sigue habiendo silencios que no se pueden llenar. Casi 3.000 vidas, 47 españoles y una fecha que aprendimos a mirar de otra manera.
Hay algo extraño en cómo solemos recordar el 11-Sep. No es un recuerdo totalmente nítido, ordenado, con principio y final. Es más bien una sensación, Un nudo en el estómago, La imagen de esas torres que parecían invencibles deshaciéndose en el aire mientras el mundo entero contenía por completo la respiración.
Yo no había nacido cuando ocurrió. Crecí con las imágenes, con los documentales, con las historias que mis familiares contaban en voz baja. Pero hay algo en este aniversario que me interpela de una forma distinta. Casi toda mi vida ha transcurrido en un mundo moldeado por aquel día; Un mundo que aprendió a mirar al cielo con desconfianza, que se acostumbró a quitarse los zapatos en los aeropuertos, que normalizó palabras como «yihadismo» o «alerta terrorista».
Y sin embargo, hay algo que no hemos aprendido del todo, o que hemos aprendido mal.
Lo que pasó aquel día
A las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, un avión se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, otro hizo lo mismo contra la Torre Sur. En menos de dos horas, ambas se derrumbaron. Un tercer avión impactó contra el Pentágono. Un cuarto cayó en un campo de Pensilvania después de que los pasajeros se rebelaran contra los secuestradores.
2.977 personas murieron. Entre ellas, 47 españoles. Padres, madres, hijos, amigos. Personas que aquella mañana habían salido de casa como cualquier otro día, sin saber que no volverían.
Lo que vino después
El 11-Sep no solo cambió Estados Unidos, cambió el mundo entero. La seguridad se convirtió en obsesión, las libertades se recortaron en nombre de la protección, las guerras de Afganistán e Irak dejaron un reguero de muerte y destrucción que aún hoy, 25 años después, sigue cobrándose víctimas.
En España, la conexión fue brutal. Los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, con 193 muertos, fueron el recordatorio más cruel de que el terrorismo yihadista no entiende de fronteras. Aquel día, los madrileños descubrimos que el miedo también podía viajar en tren.
Lo que aprendimos (y lo que no)
He crecido escuchando que el 11-Sep lo cambió todo, y es verdad. Aprendimos a desconfiar del otro, a mirar con recelo a quien reza de forma distinta, a aceptar que la seguridad justifica casi cualquier cosa, aprendimos, en definitiva, a tener miedo.
Pero también aprendimos otras cosas. Aprendimos que hay héroes anónimos que suben las escaleras mientras los demás bajan, aprendimos que la solidaridad no entiende de nacionalidades ni de religiones, aprendimos que, incluso en los momentos más oscuros, hay personas dispuestas a ayudar a desconocidos sin preguntar nada.
Hoy, 25 años después, quiero quedarme con eso. Con los bomberos que dieron su vida por salvar a otros, con los voluntarios que trabajaron sin descanso entre los escombros, con las familias que, rotas por el dolor, encontraron fuerzas para seguir adelante.
Un recuerdo para hoy
Este viernes, en la Base Naval de Rota, el rey Felipe VI presidió un acto de conmemoración junto a la ministra de Defensa, Margarita Robles, y el embajador de Estados Unidos en España. Hubo una ofrenda floral, un toque de silencio y un sobrevuelo de helicópteros. «El terrorismo puede causar un dolor y unas pérdidas inmensas, pero jamás podrá derrotar los valores que mantienen unidas a las sociedades libres», dijo el embajador.
Me quedo con esa frase. Porque resume lo que, 25 años después, sigue siendo la única respuesta posible frente al odio: la defensa de quienes somos, de lo que creemos y de cómo queremos vivir.
Hoy no toca hablar de política. Ni de guerras. Ni de errores. Hoy toca recordar. Recordar a las casi 3.000 personas que perdieron la vida aquel día. A sus familias. A los 47 españoles que nunca volvieron.
Y toca, también, comprometerse a no olvidar. Porque la memoria es frágil, y el olvido, a veces, es la antesala de la repetición.
Nunca olvidaremos.
Por Maria Paez



