En un movimiento inesperado que rompe con la línea dura mantenida hasta ahora, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado que su administración permitirá la llegada de un petrolero ruso cargado de crudo a las costas de Cuba. Esta decisión supone una flexibilización del bloqueo petrolero de facto que Washington venía aplicando de manera estricta sobre la isla en los últimos meses.
Trump, fiel a su estilo directo, ha justificado este permiso basándose en las necesidades básicas de la población civil. «La gente necesita calefacción, aire acondicionado y todo lo demás», declaró el mandatario en una comparecencia, restando importancia al hecho de que el petróleo provenga de Rusia en un momento de máxima tensión internacional por el conflicto con Irán.
Pese al gesto humanitario, el presidente estadounidense no ha suavizado su retórica contra la dirigencia de la isla, a la que ha calificado nuevamente de «corrupta y deplorable», asegurando que su administración considera que ese sistema de gobierno está «acabado«.
Esta medida se interpreta en los círculos diplomáticos de Madrid como un intento de evitar un colapso humanitario total en la región que pudiera derivar en una nueva crisis migratoria, permitiendo que la población tenga acceso a servicios básicos de energía mientras se mantiene la presión política sobre el régimen. El petróleo ruso, que antes era objeto de sanciones inmediatas, se convierte así en una moneda de cambio dentro del complejo tablero energético mundial de 2026.





