El Banco Central Europeo ha movido ficha. Después de casi tres años sin tocar el precio del dinero, la institución presidida por Christine Lagarde ha aprobado una subida de 0,25 puntos básicos. La decisión era esperada, pero lo que realmente preocupa a los mercados es el futuro. ¿Habrá más subidas? ¿Hasta cuándo? ¿O el BCE cambiará de rumbo para proteger la economía?
«Entre la espada y la pared»
Así resume Filippo Alloatti, responsable de entidades financieras y crédito de Federated Hermes, la situación actual del BCE. Por un lado, los costes energéticos persistentemente elevados (petróleo y gas, principalmente) amenazan con lastrar la actividad industrial y la demanda de los consumidores en toda Europa. Alemania e Italia, dos de las economías más grandes de la eurozona, son especialmente vulnerables.
Por otro lado, el banco central sigue arrastrando el lastre de haber mantenido los tipos demasiado bajos durante demasiado tiempo tras la pandemia. Esa política expansiva contribuyó a alimentar la inflación, y ahora toca apagar el fuego.
El mandato principal del BCE es el control de precios. Y su herramienta principal son los tipos de interés. Una política restrictiva (tipos altos) ayuda a bajar el IPC, pero a costa de dañar el crecimiento. Una política expansiva (tipos bajos) estimula la actividad económica, pero deja más margen para que la inflación se desboque.
Lagarde inclina la balanza hacia la inflación
Christine Lagarde ha sido clara: en su cabeza ha pesado más el shock energético. La guerra de Irán y sus ramificaciones por todo Oriente Próximo llevan meses tensionando los precios de la energía, y eso se traslada directamente al IPC. Por eso ha subido los tipos.
Pero el BCE no puede ignorar el debilitamiento de la economía. La eurozona registró una caída del PIB del 0,2% en el primer trimestre, con Alemania al ralentí. Si el banco central aprieta demasiado, podría precipitar una recesión.
¿Cuántas subidas más?
Los analistas no se ponen de acuerdo. Filippo Alloatti (Federated Hermes) cree que los mercados descuentan algo más de dos subidas adicionales este año. A su juicio, la credibilidad de la institución es fundamental: «Anclar las expectativas de inflación y reforzar el compromiso con la estabilidad de precios probablemente mantendrá al BCE en una senda de endurecimiento a corto plazo, incluso aunque los riesgos para el crecimiento sigan aumentando».
Felix Feather, economista de Aberdeen Investments, es más cauto. Interpreta el comunicado del BCE y las palabras de Lagarde como de un tono moderado. El consejo de gobierno se guarda la opcionalidad de decidir reunión a reunión. Feather mantiene su previsión de que esta subida sea algo puntual, aunque advierte: «Existe un riesgo claro de nuevas subidas, especialmente si la guerra con Irán se recrudece».
Konstantin Veit, gestor de carteras de Pimco, coincide en que esto no es el inicio de una campaña agresiva, sino «un ajuste moderado destinado a gestionar las expectativas».
El BCE no podía ignorar la crisis energética
Christian Hantel, director de deuda corporativa global de Vontobel, defiende la decisión. «Sin una subida de tipos, el aumento de las expectativas de inflación a corto plazo podría haber empezado a influir en las expectativas a más largo plazo». En su opinión, el BCE se mantuvo fiel a su enfoque basado en los datos, centrándose exclusivamente en la inflación.
Hantel avanza que podría producirse otra subida ya en septiembre, «dependiendo de cuánto tiempo permanezca cerrado el estrecho de Ormuz y de la intensidad con la que la crisis energética afecte a Europa». Pero también matiza que «el débil impulso del crecimiento económico en Europa hace poco probable un ciclo prolongado de subidas».
Una hoja de ruta incierta
Madison Faller, estratega de Inversiones Globales de J.P. Morgan Private Bank, mantiene una postura moderada. Para ella, la subida de tipos es un giro en la política monetaria, pero no necesariamente una ruta predeterminada hacia nuevas subidas en cualquier escenario.
«Una subida de tipos no es una hoja de ruta. Un ciclo de endurecimiento mecánico requeriría que las expectativas de inflación se elevaran de forma significativa. Pero el contexto de crecimiento también se está volviendo más complicado, ya que la crisis energética merma el poder adquisitivo y la confianza, y una política más restrictiva puede agravar esa presión. Se trata de un ejercicio de equilibrio», concluye Faller.
El factor energético, clave
El origen de todos los problemas actuales está en los costes energéticos. Petróleo y gas tensionan el control de la inflación, el poder adquisitivo de los europeos y, de forma indirecta, el crecimiento. Mientras el estrecho de Ormuz no se normalice por completo (el flujo de crudo ha aumentado, pero aún está lejos de los niveles previos al conflicto), la presión inflacionaria se mantendrá.
Si se alcanza un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, los precios podrían relajarse, pero los analistas advierten que «es poco probable que las presiones inflacionistas se alivien rápidamente, sobre todo porque los precios del petróleo y el gas podrían seguir subiendo poco a poco en un contexto de existencias estructuralmente bajas».
Próximas reuniones: julio y septiembre
El BCE se reunirá de nuevo en julio y en septiembre. Serán dos test clave para calibrar la dirección de la política monetaria. Los mercados estarán atentos a cualquier indicio sobre la actitud del consejo de gobierno.
Mientras tanto, Lagarde y los suyos tendrán que seguir bailando sobre la cuerda floja. Porque el margen de error es mínimo. Y las consecuencias de equivocarse, enormes.




