Tras el fallecimiento de la Princesa Irene de Grecia este jueves en Madrid, sale a la luz el legado de una de las figuras más enigmáticas y singulares de la realeza europea. A sus 83 años, la hermana de la Reina Sofía deja tras de sí una trayectoria definida no por sus títulos —pese a ser hija, hermana y tía de reyes— sino por una libertad personal inusual en los círculos monárquicos.
Nacida en el exilio en Sudáfrica y tras haber vivido en ciudades como El Cairo, Roma y Madrás, la Princesa Irene poseía uno de los árboles genealógicos más extensos de Europa, conectando con las casas reales de Rusia, Dinamarca, Suecia y el Reino Unido. Sin embargo, su vida en el Palacio de la Zarzuela se alejó de los lujos convencionales: no recibía asignación oficial, no vestía marcas de lujo ni ostentaba grandes joyas.
Conocida cariñosamente por sus sobrinos, incluido el Rey Felipe VI, como «tía Pecu» por su carácter especial, Irene de Grecia fue una mujer polifacética. Concertista de piano de alto nivel, arqueóloga en su juventud y una devota estudiosa del hinduismo y el esoterismo, dedicó gran parte de su vida a causas sociales a través de su fundación «Mundo en Armonía». Su interés por la ufología y el mundo paranormal completaban el perfil de una princesa que prefirió la búsqueda espiritual y el activismo animalista antes que los matrimonios de estado o las obligaciones institucionales rígidas.
Sus restos descansarán en el cementerio de Tatoi, cerrando un capítulo de la historia europea marcado por la discreción y una independencia intelectual inquebrantable.



