La 68.ª edición de los Premios Grammy quedará grabada en la memoria colectiva, no solo por los galardonados, sino por la disruptiva presentación de Justin Bieber. Tras cuatro años de ausencia en el escenario de la Academia, el artista canadiense protagonizó el momento más comentado de la noche al interpretar su nuevo tema, “Yukon”, vistiendo únicamente unos calzoncillos de seda y calcetines.
Bieber, que se fue de vacío pese a contar con cuatro nominaciones, optó por un enfoque minimalista y descarnado. Armado solo con una guitarra morada y sobre un escenario despojado de artificios, ofreció una versión acústica que muchos críticos han calificado como un «ejercicio de vulnerabilidad extrema». Sin embargo, su elección de vestuario ha generado una división inmediata: mientras sus seguidores y parte de la crítica alaban la honestidad artística y el rechazo a las convenciones, otros sectores de la industria tildan el acto de innecesario y alejado del protocolo de etiqueta que caracteriza a la gala.
El impacto en redes sociales fue instantáneo, convirtiendo al cantante en tendencia mundial en cuestión de minutos. Con esta actuación, Bieber redefine su imagen pública una vez más, alejándose del espectáculo de gran formato para centrarse en una narrativa de intimidad que, para bien o para mal, ha eclipsado el resto de los acontecimientos de la gran noche de la música.




